Existen muchas situaciones en las que los seres humanos nos vemos envueltos día con día.
La forma en cómo nos expresamos frente a las personas que conocemos en el transcurso de esta interminable cadena de experiencias sociables.
El escuchar, madre de todas las virtudes. Si nosotros nos lo propusiéramos, seguramente lograríamos poseer este casi extinto talento de dejar que otros se expresen y limitarnos solo en un principio, y sin imposiciones, a recibir aquellas enormemente ricas palabras, que pronunciadas de una forma u otra, lograrían dejarnos algo de aquel tesoro de experiencias surcadas a lo largo de toda una vida.
El que escribe estas resumidas líneas, es un sencillo tecleador. Soy yo, el almirante del silencio.
Disculpadme vosotros si os ofendo con estos párrafos que nacieron de una noche de insomnio.
Soy el eslabón urbano, que imagina a la sociedad como sordomuda, que en el actual modernismo de nuestro mundo, sería petrificante el solo hecho de pensar en que todos aquellos que dependen del habla por necesidad o por carecer del idóneo funcionamiento de algún otro de nuestros cinco sentidos, lleguen a un estado de absoluto silencio.
No soy nadie para dar lecciones de vida ni mucho menos, pero creo y tengo la firme convicción de que si diéramos quince minutos de nuestro valiosísimo tiempo, al escuchar el grito desesperado de atención de nuestro prójimo; seríamos más que héroes de la psicología, sino también, hermanos de la pulcritud pensante de nuestro hoy en día.
- Manuel Djesús